martes, 12 de enero de 2016

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Oniria


Han sido días helados por aquí; parece una tendencia esto de traer las puntas de los dedos como témpanos de hielo, y pues qué decir, es enero. Esto podría parecer irrelevante para el relato como tal, pero siento que para el momento de dormir es imprescindible hasta el lado en que resbala la saliva que sale de nuestra boca en plena inconsciencia, pues evidentemente, no es lo mismo dormir hecho un ovillo que aparentar ser un bulto con extremidades en un lugar como éste.

Jamás he experimentado problemas de sueño o se me ha complicado la hora de dormir, lo normal supongo; insomnio en noches inciertas, letargo después de un día pesado o de cantidades obscenas de comida, e incluso sobresaltos repentinos antes de entregarme a Morfeo. A pesar de ello, lo que pasó antier no tiene una explicación racional como tal, o por lo menos no la he hallado, a pesar de mi constante repaso por los sucesos ocurridos la noche del doce de enero...

Como siempre, antes de dormir, tallé mis ojos y me aproximé a entrar en trance. Es bastante placentero ir a dormir, el movimiento de los dedos descalzos, la frescura del manto que nos rodea, el peso de la temperatura es algo delicioso, por lo menos para mi, que me encontraba sumamente cansado y deseoso de perderme un momento entre tela blanquecina y espacios cálidos que me rodeaban. 
Cerré los ojos y comencé a pensar un par de cosas que acontecieron durante el día, pero sólo conseguí bostezar un par de veces ¡Vaya que mi vida no es lo más emocionante!
Resignado al descanso, cerré los ojos, me giré a la derecha y coloqué mis brazos al rededor de mis rodillas, encontrándome en una plenitud momentánea, y comenzó:

Yo juraba encontrarme en el sueño, pero hasta la fecha no puedo decir a ciencia cierta si el subconsciente comandaba mi cuerpo o era aquí donde estaba ocurriendo todo; mi corazón comenzó a latir rápido, una, otra vez, rápido, una, otra vez, una más, sentía cómo lentamente iban aumentando los latidos sin ritmo, pero ascendentes, una, otra vez, otra vez, una más; me asusté, pero como era de esperarse, tenía el cuerpo petrificado, no podía ni controlar mi respiración, pues sentía cómo el espacio de mis pulmones disminuía en cuánto contraía el diafragma, una, otra vez, una más, era imposible, sentía cómo mi cuerpo se convertía en un empaque al vacío, todo mi "aire" salía, y el corazón deseaba hacer lo mismo, una, otra vez, una más, otra más; para mi era demasiado, sentía la opresión de la muerte en el pecho, y también en la espalda, como si alguien aplaudiera conmigo entre sus manos, poco a poco me quedaba sin aire, sin vida y la sangre circulaba cada vez más rápido buscando ese oxígeno que se hallaba en fuga.

Sin duda hubiera sido una pena morir en una agonía onírica de esa magnitud, mi rostro se mostraría sereno, pero mi corazón estaría exhausto por tal esfuerzo; pero contrario a lo que pensé, no se detenía, parecía ser que el empacado al vacío era más complicado de lo que parecía, pues a pesar de el esfuerzo que sufría al respirar y los constantes latidos de mi corazón, no se detenía, mi vida no tenía ni siquiera indicios de terminar pronto, pero a pesar de ello, la agonía era constante; supuse que era así como se sentía el infierno, la misma sensación durante una eternidad ¡Qué terror!

No sé cuánto tiempo pasó durante ese lapso, pero puedo jurar que se repetía una y otra vez, lo cual no cre puesto que fisiológicamente el cuerpo no podría soportar una tortura así durante mucho tiempo, la muerte es demandante en éstos casos y juro por Dios que nunca había sufrido de esta manera.

Fue ahí donde la verdadera pesadilla comenzó; en ese momento inhalé por primera vez el aire del exterior. ¡Había llegado a este mundo!